miércoles, 23 de abril de 2014

De La Veritá entre otras adicciones

En el reciente marco del XIV Festival Iberoamericano de Teatro tuve la grandiosa oportunidad de asistir al teatro Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá para ver uno de los mejores espectáculos que he podido presenciar hasta ahora: La veritá. Un show surrealista en el que todo puede ocurrir y cuyo personaje principal es un telón pintado por mi artista ídolo: Salvador Dalí.
Cuando me enteré de que esta obra que viene de un gripo de Suiza, estaría en Colombia, no dudé ni un momento en asistir. Me preocupé desde el principio por ahorrar lo que más pudiera, aunque al final mi papá me completó para la boleta, y le mandé a mi mejor amigo el trailer para que fuera conmigo. Creo que jodí, jodí y jodí tanto con el tema que tenía cansado a más de uno de mis amigos, pero al final todo valió la pena. Compré las boletas con él muchos días antes para asegurarnos de conseguir muy buenos lugares. La función sería el sábado 19 de abril a las 8:30pm.
La emoción que tuve todas las semanas antes a ese día no fueron nada en comparación con la cantidad de emociones que este espectáculo me hizo sentir. Es muy complicado que un artista tenga el poder absoluto sobre las emociones del público, y hoy mis emociones estuvieron en una bola de cristal sobre sus manos y a vista de todos los que estaban sentados a mi alrededor. El show comenzó y me iba llenando, poco a poco iba comprendiendo el trasfondo de cada escena. Todas fueron representadas de una manera muy surrealista, unos artistas impecables que a través de la acrobacia, telas, un violín, un piano, malabares, máscaras, comedia, vestuario, un toro, cabezas de rinocerontes, aros, patines, entre otros; lograron llenarme de nostalgia, alegría, compasión, tristeza, emoción, miedo y VERDAD. No puedo explicar lo que sentí al ver a más de cuatro personajes sobre el escenario siendo Salvador, cada uno a su manera.
Poco a poco, mientras cada escena pasaba iba entendiendo qué significaba cada una de ellas, que querían transmitir, qué me querían mostrar. A medida que avanzaba, estaba mucho más metida en un mundo de hormigas y de lluvia que trataba de comprender desde la perspectiva de Dalí mientras veía cómo bajaba el telón una y otra vez. La verdad, al principio solo pensaba en dos cosas: la primera, no podía creer que estaba a pocos metros de una grandiosa obra de arte que había realizado uno de mis grandes ídolos; y la segunda un hombre alto, de cabello rubio y ojos claros que me enamoró cuando entraba al teatro y me di cuenta que era uno de los protagonistas del show. Eso me enamoró aún más. Cada artista mostró su propia manera de ser en aquel mundo extraño, en el que muchas veces nadie entendía nada, pero en el que La veritá era absolutamente única y distinta.  Tal fue la emoción, el agradecimiento y la pasión que el público  sintió que mi mejor amigo y yo fuimos los primeros en levantarnos a aplaudir, y fuimos los últimos en salir porque nos quedamos con 20 personas más tomando fotografías y analizando el telón. Quedamos en shock, solamente teníamos una sonrisa inexplicable en la cara y muchas preguntas más en la cabeza.
Hoy, este espectáculo se merece más que mil aplausos, se merece ser reconocido mundialmente como una obra hecha para Salvador Dalí, para sus miedos, sus pinturas, sus amores, sus tristezas, sus gozos, sus alegrías, sus talentos... porque para mí, La veritá es única, inigualable, es mía, es una nueva adicción igual que los caramelos de menta.


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