En el reciente marco del XIV Festival
Iberoamericano de Teatro tuve la grandiosa oportunidad de asistir al teatro
Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá para ver uno de los mejores espectáculos que he
podido presenciar hasta ahora: La veritá. Un show surrealista en el que
todo puede ocurrir y cuyo personaje principal es un telón pintado por mi
artista ídolo: Salvador Dalí.
Cuando me enteré de que esta obra que viene de
un gripo de Suiza, estaría en Colombia, no dudé ni un momento en asistir. Me
preocupé desde el principio por ahorrar lo que más pudiera, aunque al final mi
papá me completó para la boleta, y le mandé a mi mejor amigo el trailer para
que fuera conmigo. Creo que jodí, jodí y jodí tanto con el tema que tenía cansado
a más de uno de mis amigos, pero al final todo valió la pena. Compré las
boletas con él muchos días antes para asegurarnos de conseguir muy buenos
lugares. La función sería el sábado 19 de abril a las 8:30pm.
La emoción que tuve todas las semanas antes a
ese día no fueron nada en comparación con la cantidad de emociones que este
espectáculo me hizo sentir. Es muy complicado que un artista tenga el poder
absoluto sobre las emociones del público, y hoy mis emociones estuvieron en una
bola de cristal sobre sus manos y a vista de todos los que estaban sentados a
mi alrededor. El show comenzó y me iba llenando, poco a poco iba comprendiendo
el trasfondo de cada escena. Todas fueron representadas de una manera muy
surrealista, unos artistas impecables que a través de la acrobacia, telas, un
violín, un piano, malabares, máscaras, comedia, vestuario, un toro, cabezas de
rinocerontes, aros, patines, entre otros; lograron llenarme de nostalgia,
alegría, compasión, tristeza, emoción, miedo y VERDAD. No puedo explicar lo que
sentí al ver a más de cuatro personajes sobre el escenario siendo Salvador,
cada uno a su manera.
Poco a poco, mientras cada escena pasaba iba
entendiendo qué significaba cada una de ellas, que querían transmitir, qué me
querían mostrar. A medida que avanzaba, estaba mucho más metida en un mundo de
hormigas y de lluvia que trataba de comprender desde la perspectiva de Dalí
mientras veía cómo bajaba el telón una y otra vez. La verdad, al principio solo
pensaba en dos cosas: la primera, no podía creer que estaba a pocos metros de
una grandiosa obra de arte que había realizado uno de mis grandes ídolos; y la
segunda un hombre alto, de cabello rubio y ojos claros que me enamoró cuando
entraba al teatro y me di cuenta que era uno de los protagonistas del show. Eso
me enamoró aún más. Cada artista mostró su propia manera de ser en aquel mundo
extraño, en el que muchas veces nadie entendía nada, pero en el que La
veritá era absolutamente única y distinta.
Tal fue la emoción, el agradecimiento y la pasión que el público sintió que mi mejor amigo y yo fuimos los
primeros en levantarnos a aplaudir, y fuimos los últimos en salir porque nos
quedamos con 20 personas más tomando fotografías y analizando el telón.
Quedamos en shock, solamente teníamos una sonrisa inexplicable en la cara y
muchas preguntas más en la cabeza.
Hoy, este espectáculo se merece más que mil
aplausos, se merece ser reconocido mundialmente como una obra hecha para
Salvador Dalí, para sus miedos, sus pinturas, sus amores, sus tristezas, sus gozos,
sus alegrías, sus talentos... porque para mí, La veritá es única,
inigualable, es mía, es una nueva adicción igual que los caramelos de menta.

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